“Pío XI quiso llegar a un acuerdo con Stalin” | La Cuarta Columna

Entrevista con Frédéric Le Moal, autor de “Las divisiones del Papa”

“Pío XI quiso llegar a un acuerdo con Stalin”

-“La Santa Sede se alegró de la caída del régimen zarista”
-“Nadie le reprocha hoy a Pío XI esta voluntad de entendimiento con ese régimen antihumano y anticristiano”
-“Ni Pío XII era nazi, ni Pablo VI, comunista”
-“Roma y Moscú coinciden en impedir el derrocamiento de Bachar el Asad, proteger a los cristianos perseguidos abandonados por Occidente y combatir al Estado islámico”
-“¿Cómo se llevarán el Papa y Trump? Ambos son imprevisibles”
-“Entiendo la amargura de los disidentes cubanos con Francisco: su cercanía con Castro es chocante”


Pío XI, en una fotografía tomada en febrero de 1931 / Wikimedia

Frédéric Le Moal empieza aclarando conceptos: “La Santa Sede es el gobierno de la Iglesia Católica; no hay que confundirlo con el Vaticano, que es el Estado independiente creado por los Acuerdos de Letrán el 11 de febrero de 1929 y cuyo jefe es el Papa.

De ahí que el catolicismo se distinga por es particularidad única de ser una religión universal con Estado, sujeto de Derecho internacional y miembro de la ONU con estatuto de observador. En 2016, mantiene relaciones diplomáticas con 181 Estados”.

No es un privilegio: ya en la Alta Edad Media, el Papa fue el primer soberano en ejercer el derecho de legación activa y pasiva, es decir, la facultad de enviar embajadores -nuncios apostólicos- y de acreditarlos en Roma. Son pues, varios siglos de presencia pontificia en las relaciones internacionales.

El cambio más brusco se produjo en 1871, cuando la unificación italiana implicó la pérdida de los Estados pontificios.

Desde ese momento, los objetivos diplomáticos de la Santa Sede ya n tienen que ver con ambiciones territoriales o con alianzas, sino con la defensa de la libertad religiosa y la promoción de la paz. En Les Divisions du Pape, Le Moal desmenuza el funcionamiento de esa diplomacia en el periodo que abarca desde la I Guerra Mundial hasta la hoy y se detiene en la relación peculiar que la Santa Sede ha mantenido con los regímenes dictatoriales, en especial el nazi, el fascista y el estalinista.

“¿El Papa? ¿Cuántas divisiones?”, preguntó Stalin al entonces jefe del Gobierno galo Pierre Laval. El dictador soviético, en su ignorancia, reducía la importancia de la Santa Sede a su insignificante fuerza militar, obviando su fuerza moral.

-¿Quiénes son hoy las divisiones del Papa?
-Si hay que hablar con propiedad, su número asciende a 1.272 millones de personas, es decir, el número de católicos que hay en el mundo. Lo cual no significa que sean unas divisiones muy obediente, pero mantienen con el Santo Padre un vínculo especial, ante todo afectivo. Le ven como un padre.

DIVISIONS1Portada del libro ‘Las divisiones del Papa. El Vaticano frente a las dictaduras’, de Frédéric Le Moal

-¿Cómo explica la prudencia de la Santa Sede para con las dictaduras? (Prudencia que no significa debilidad)
-Efectivamente, hay que hablar de prudencia. La respuesta es muy sencilla: la conciencia de la peligrosidad de los regímenes criminales. Roma conocía el contenido anticristiano del comunismo y del nazismo y su capacidad para aniquilar a la Iglesia, como lo hicieron los bolcheviques en los primeros años del régimen.

-Por una parte…
-…como lo decía con clarividencia el entonces cardenal Pacelli [futuro Pío XII] en los años treinta: “El martirio no se decreta desde Roma”.

-Por otra…
-…Hay que salvar lo que puede ser salvado. Pero eso no ha impedido duros enfrentamientos entre Roma y los regímenes totalitarios.

-Sin embargo, las cosas no empezaron mal entre Roma y la Rusia poszarista, tal y cómo se desprende de la nota del cardenal Gasparri, secretario de Estado, fechada el 15 de julio de 1917.
-Efectivamente, la Santa Sede se alegró de la caída del régimen zarista, apoyo incondicional de la ortodoxia, una Iglesia cismáticos. Para la Iglesia romana se abrieron inmensas perspectivas de conversión del pueblo ruso. Benedicto XV y Pío XI estuvieron habitados por ese sueño de vuelta a la unidad de los rusos.

-Y Roma tardó mucho tiempo en distanciarse del régimen leninista. ¿Demasiado?
-La esperanza de conversión obligó al papado a mantener relaciones del que se creía que se iba a derrumbar rápidamente debido a su naturaleza abominable, pero que al final se consolidó. De ahí la voluntad de Pío XI de firmar un concordato con Moscú en una época en la que el régimen es muy violento.

-Las negociaciones fracasan.
-Y noto que nadie le reprocha hoy a Pío XI esta voluntad de entendimiento con ese régimen antihumano y anticristiano.

-En el libro insiste en el hecho de que la diplomacia del Vaticano en relación con el fascismo y el nazismo está mal comprendida por la opinión pública. Viene a decir que la Iglesia es víctima de una historiografía manipulada por la propaganda rusa. ¿Por qué no se explica mejor la Iglesia? Parece que la Iglesia siempre está a la defensiva…
-Sí, la Iglesia siempre está a la defensiva, de modo especial desde que se representó El Vicario [la obra teatral que buscaba desprestigiar a Pío XII] de la que hoy ya se sabe que fue una notable operación de desinformación de la propaganda soviética y que dejó huellas indelebles en el papado en relación con el Holocausto. Resulta difícil desmarcarse de esa imagen pese a la gran labor de publicación de documentos diplomáticos emprendida desde los años sesenta y que aclaran muchas cosas. Pero hay que leerlos…

-Los que quedan se van abrir rápidamente. ¿Qué revelarán?
-Lo que ya se sabe.

-Hubo silencios papales y ausencia de condena explícita en algunos casos, durante la II Guerra Mundial y también en plena Guerra Fría, como Pablo VI sobre el comunismo en el su discurso de las Catacumbas de Domitila en 1965. ¿Sería posible hoy este silencio por parte de un Papa?
-Fue un silencio ambiguo porque Pío XII y Pablo VI condenan con el vocabulario típico de la Santa Sede, que nunca designa al enemigo con claridad. Hoy, las cosas apenas han cambiado, pues el Papa sigue siendo responsable de sus fieles como lo demuestran las consecuencias del discurso de Ratisbona de Benedicto XVI; por cierto, otra gran operación de intoxicación.

Stalin_in_March_1935Joseph Stalin, en marzo de 1935 / Wikimedia

-Un mes después del aplastamiento de la Revolución húngara en 1956, el cardenal Wyszsinski, en Polonia, firmó un acuerdo con el Gobierno. Acuerdo técnico y táctico, pero acuerdo al fin y al cabo. ¿Cómo lo explica?
-La Ostpolitik, política de diálogo de Pablo VI con los países comunistas de Europa Oriental, se enmarcaba en el contexto de distensión entre Este y Oeste. Como no era comunista, de la misma forma que Pío XII no era nazi, intentó mantener un canal de comunicación con un objetivo concreto: salvar a la Iglesia del silencio que estaba perseguida del otro lado del Telón de Acero.

-Una política que implicaba negociaciones con esos regímenes…
-…para poder nombrar obispos. Es un punto crucial, pues la obsesión de Roma era encontrarse con una diócesis sin obispo y por lo tanto condenado a morir. La meta de la Santa Sede era discutir con el verdugo para intentar convencerle de que no golpease. Pero no hay que olvidar que los cleros locales se mostraban críticos con esos acuerdos, pues veían en ellos el beneficio que podían sacar sus torturadores; luego esos arreglos no supusieron gran cosa. Pasa lo mismo en la China de hoy.

-Vayamos a la actualidad. ¿Pueden favorecer las divergencias entre Roma y los países occidentales sobre asuntos como el aborto, el matrimonio gay o la eutanasia una alianza sólida con Moscú? ¿O solo se trata de convergencias puntuales?
-La desaparición de la Unión Soviética supuso una dominación de la que Estados Unidos ha abusado para llevar a cabo varias guerras y acelerar la americanización del mundo. Juan Pablo II denunció incansablemente esas expresiones de hiperpotencia. Con la llegada de Putin al poder, ha tenido lugar una indiscutible tanto en lo relativo a la defensa de los valores tradicionales como de la organización del mundo.

-¿Por ejemplo?
-La proximidad en el tema nítido es nítida: impedir el derrocamiento de Bachar el Asad, proteger a los cristianos perseguidos abandonados por Occidente y combatir al Estado islámico. El encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril forma parte de este contexto. Y los católicos de Ucrania han sido sus víctimas. Pero no hablaría de alianza sólida entre Roma y Moscú.

-¿Cuál es su pronóstico sobre las relaciones que pueden mantener Francisco y Donald Trump?
-¡Es muy difícil decirlo con un papa y un presidente tan imprevisibles! Sus relaciones han empezado mal con la condena papal de los “muros” que el candidato Trump asumió como propios. La hostilidad de la Administración norteamericana hacia los inmigrantes en general y los latinos en particular no va a facilitar las cosas. Sin embargo, las decisiones en materia de defensa de la vida solo pueden gustar a Roma, de la misma forma que ciertos cambios de rumbo en el tema sirio. Habrá que seguirlo.

-Durante la Guerra Fría, la Santa Sede se preocupaba de la suerte de los disidentes en la Europa comunista. Parece que ya no es el caso, especialmente en Cuba. ¿Han pagado caro los disidentes de la isla, muchos de los cuales son católicos, el acercamiento entre Roma y La Habana?
-El cálido encuentro entre el Papa y el dictador Fidel Castro, así como el sincero pésame expresado de una forma sincera y personal con motivo de su muerte han chocado y con razón. Se sabe que el Papa argentino ha hecho mucho por la reconciliación entre Cuba y Estados Unidos y es seguro que espera estar en situación de convencer al régimen castrista para que evolucione hacia algo más de libertad.

-Sin embargo…
-…la historia se repite de forma extraña y uno queda impresionado por la similitud con las iniciativas de Pablo VI, cuyos límites son visibles.

FOTOLEMOAL2Frédéric Le Moal

-¿Entiende el desconcierto y la amargura de los disidentes cubanos?
-Sí. Están en una posición que muchos perseguidos conocieron antes que ellos: no entendían las actitudes de Roma.

-En cambio, en Venezuela, la Santa Sede se significa algo más. ¿Por qué esa diferencia de trato?
-Seguramente porque en Venezuela la situación es más grave que en Cuba.

-¿Irá el Papa Francisco a China?
-Tratándose de él, todo es posible. Para lo bueno y para lo malo. Pero primero habría que resolver el problema de la Iglesia Nacional, implantada por el Gobierno de Beijing para cortar el vínculo entre Roma y los católicos chinos; es el viejo sueño de todos los regímenes totalitarios. Semejante visita debería seguir a la normalización y no precederla, pues existe el riesgo, también en este caso, de sacrificar a la disidencia católica y sus mártires.

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